El alcalde, Fulgencio Gil Jódar, pregonó ayer los actos en torno a la Semana Santa de Almendricos
El pregón se celebraba en la iglesia de San Antonio de Padua donde poco antes tenía lugar una Misa en honor del Cristo de la Buena Muerte. Más tarde era la lectura de las siete últimas palabras, a la que seguía la entrega de medallas y un Viacrucis con el Cristo de la Buena Muerte.
Canto de alabanza a la Semana Santa de Almendricos. El alcalde, Fulgencio Gil Jódar, pregonaba este viernes los actos en torno a la pasión, muerte y resurrección de Jesús que se celebrarán en los próximos días en la pedanía lorquina. «…Cristo llora por María, María llora por Cristo. ¿Y yo, firme, lo resisto?, ¿mi alma ha de quedar ajena? Nazareno, nazarena, dadme siquiera un poco de esa doble pena loca, que quiero penar mi pena». Gerardo Diego Cendoya, poeta de la generación del 27 rezaba esta oración a la Dolorosa en sus poemas del Viacrucis, que este viernes hacía suyos el alcalde para pregonar la Semana Santa de Almendricos. Recordaba que «el Viernes de Dolores o de Pasión, el sexto viernes de Cuaresma, el Viernes de Concilio… comienza la Semana Santa de Almendricos». Y aseguraba que «en esta tierra, la Dolorosa paseó como alma en pena por sus calles buscando a su Hijo durante largos años. Y ese Hijo, el Cristo de la Misericordia, el de la Buena Muerte y el Resucitado, que se hizo esperar en demasía, se reencontraba finalmente con la Madre». Sola, «con mirada dolorida y llena de sentimiento alzaba sus ojos hasta lo más alto y mostraba sus brazos abiertos a la espera de llenarlos con el cuerpo inerte de su Hijo», añadía. El Domingo de Ramos, relataba, en Almendricos, «es el preámbulo de lo que está por llegar, la Última Cena, el Viacrucis, la muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, que en esta tierra tiene un amplio prólogo que se inicia esta noche y que continuará hasta el Viernes de Dolores en que la Dolorosa, el Cristo de la Buena Muerte y el de la Misericordia abrazarán a los vecinos durante su periplo procesionil». Hace ya más de una década -contaba- que las mujeres de Almendricos quisieron retomar aquellas procesiones del pasado. Y recuperaron un desfile en el que se narra uno de los episodios más trágicos de la vida de Jesucristo, relatados por los evangelios. «Y así, la Madre en busca del encuentro con su Hijo fue acompañada por otras madres y abuelas, a las que en poco tiempo se sumaron sus hijas y nietas que son las que portan a la bellísima imagen de la Dolorosa de Almendricos. Y esa Madre, en poco tiempo, se reencontró con su Hijo, portado por un grupo de jóvenes que transformaron la hora del dolor y la muerte en la de la alegría y la resurrección». Es la historia de la Semana Santa de Almendricos «que se ha ido hilvanando con la tenacidad de sus mujeres, de sus hombres… y dando paso a una cantera repleta de niños y jóvenes, futuro inmediato de unos desfiles que han ido tomando impulso en los últimos años, convirtiéndose en un punto de atracción para poblaciones limítrofes de Murcia, pero también de la cercana Almería», relataba. Tradiciones y costumbres, muchas veces heredadas que ni los más mayores del lugar recuerdan y que se ven enriquecidas con nuevas aportaciones que han sentado las bases de una Semana Santa ya consolidada. «La Semana Santa de Almendricos es esfuerzo, sacrificio, trabajo, empeño… de decenas de hombres y mujeres que durante todo el año se esmeran por enriquecer el patrimonio de cada una de las cofradías. Cada estreno, cada nueva incorporación, es un triunfo de todo un pueblo que vive con pasión, con devoción… la llegada de estos días grandes en que se rememora la muerte y resurrección del Salvador». Y continuaba: «Suenan tambores y cornetas. Llegan aromas a cera quemada, a rosas, a hortensias, a eucalipto… que adornan los tronos de la Madre, del Hijo, que son mecidos mientras recorren callejuelas en penumbra. Y a lo lejos una garganta se desgarra mientras reza una oración detrás de una reja que hace estremecer a los penitentes». Para concluir: «Es la Semana Santa de Almendricos. Es la pasión y devoción de un pueblo por sus tradiciones, por sus costumbres… es la lucha por no conformarse y alcanzar la excelencia. Por ceder un legado a las futuras generaciones para que nunca olviden sus profundas raíces». El pregón se celebraba en la iglesia de San Antonio de Padua donde poco antes tenía lugar una Misa en honor del Cristo de la Buena Muerte. Más tarde era la lectura de las siete últimas palabras, a la que seguía la entrega de medallas y un Viacrucis con el Cristo de la Buena Muerte.